sábado 27 de marzo de 2010

La nota




"Sólo son libres los solitarios"
Julio Ramón


Él estaba sentado mirando por la ventana. El aire fresco de la tarde entraba por las ventanas de marco de madera abiertas de par en par. Afuera, la gente trancurría la vida de la luz del farol que se encendía al caer la luz roja del sol.

Él era un hombre viejo de 23 años y añoraba lo que pudo hacer y no hizo en los años que había vivido. El tiempo venidero era para quedarse parado y observarlo todo. No sonreía, casi ni se notaba su respiración. Al lado, una foto que él mismo tomó y retocó para ponerla en un estilo que hace recordar a un daguerrotipo. En un marco de madera, una joven aparece a su lado y se apoya en su hombro soriendo.

Él llevaba una vida común en su horario de oficina en una entidad pública. Para su edad, él era un hombre de 23 años que tenía un trabajo en el que le pagaban lo suficiente para vivir independientemente de sus padres, quienes no le permitieron estudiar nada relacionado al arte, a pesar de que él lo deseaba fervientemente.

Ese día lo vi. Era su cumpleaños y lo acompañé sin decir nada hasta que oscureció, luego me fui. Me acerqué, pero el piso de tablas apolilladas sonó y lo alertó. Entonces no me atreví a tocarlo. Solo me fui a paso lento. Bajo el umbral escuché su voz. "Adiós", me dijo. No dije nada.

Cuando volví al día siguiente la silla estaba vacía y el viento movía las cortinas de la ventana abierta de par en par. Todo estaba muy ordenado, algo insusual en él. En la mesa encontré un papel escrito, al parecer una nota.

No estoy solo. No estoy triste. No extraño a nadie. No siento impotencia de nada. No quiero que estés aquí conmigo. No me ruboriza mirarte a los ojos. No te he ocultado nada. No me gusta dejar entrar el aire por las ventanas de mi habitación. No tengo nada que contar. No quiero un feliz cumpleaños. No quiero tu mano en mi hombro. No te quiero.

Adiós.


Y eso es lo último que tengo de mi primogénito.

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