
En el pequeño cuarto de cortinas grises del callejón en el que había pasado la mayor parte del tiempo desde hace 6 años, Pablo Apaza despertó de una manera de la que jamás pudo olvidar: una pequeña corriente de aire entró a su cuarto y le acarició la mejilla, los labios, la frente. Debido a esto, una extraña sonrisa emergió en su rostro, una sonrisa que él había pensado extraviada para siempre desde hace años, cuando prefirió no buscarla más.
A Pablo la desgracia lo había encontrado en medio de la confusión de la pubertad, cuando comenzaba a comprender el porqué de siempre andar en la calle con su madre. Las discusiones al final del día sobre por qué tenía que ganarse la vida vendiendo caramelos, o por qué sus amigos se burlaban de él, lo forzaron poco a poco a aceptar esa vida.
- Hijo, qué vamos a hacer, tenemos que juntar para el agua, la luz - siempre decía ella.
- Mamá, no quiero, quiero jugar con amigos, quiero jugar.
Al caminar por los angostos pasillos, Pablo no entiende por qué siente que algo lo impulsa a saltar, reír, abrazar, hablar con gente. Algo lo libera del letargo de años de soledad en el viejo callejón del Rímac. Sin embargo, ya no queda gente que pueda compartir con él estas sensaciones tan remotamente perdidas en el tiempo, tan escondidas dentro de él y su coraza de comercializador de cocaína, maleante de esquina y pandillero.
Jamás podría compartirlas con los que andaba, personas que se sabía en cualquier momento regresarían a la cárcel o lo mandarían al carajo si es que no le metían cuchillo. El más cercano de ellos, aquel al que apodaban "el tunche" porque era de la selva y con el que se había enfrentado hombro a hombro contra los tombos, fue al que alguna vez trató de hablarle de sentimientos. El tunche trató de comprender a su amigo por un momento; pero inmediatamente, cuando su rostro se tornaba apacible y la corriente de su cuerpo era invadida por el rumor de unas lágrimas que encontraba dentro de sí, saltó el rostro de fiera con tres cortes, con el que se había ganado el respeto del barrio.
- Qué chucha te pasa huevón, estás con tu regla causa. Alégrate, a mí me vacila la gente alegre, pilas, no me vengas con huevadas, hay que ser feliz, para qué preocuparse por huevadas. - fue la única respuesta que encontró en su chuzeado amigo, la triztesa lo espantaba.
Por eso hoy Pablo busca solo dentro de sí, entre imágenes e historias que le puedan dar una pista del porqué de esa sensación. Sale a la calle a paso lento sobre sus zapatillas Redook nuevas desatadas y su jean ancho hasta la pantorrilla. Hoy la calle no está tan movida como otros días, la gente tiene más cuidado por dónde ir. Carepuño y Ponte lo saludan en la esquina, habla causa, chévere. No, hoy no he recibido la merca, ya llega pa la gente, les dice mientras pasa de largo.
Con Carepuño y Ponte no hubo nunca ningún roche. Solamente aquella vez que le faltaron el respeto a su madre. No los cortó, no les metió bala, pero los masacró misericordiosamente golpeándoles el estómago con un palo hasta dejarlos inconscientes junto a su propio vómito. Uno nunca se mete con la madrecita, hasta con la hermana se aguanta, pero no con la madrecita.
A los segundos de saludarlos la recordó: sus trenzas descansando sobre su espalda encorvada mientras refregaba los platos los días domingos, las arrugas de una infancia feliz en los campos de Cajamarca, la casita de adobe de sus primeros atisbos de razón, el incómodo viaje a Lima y la enorme ciudad gris abriéndose a su encuentro, como una vacía y tenue bienvenida, una comparsa de micros viejos y carretillas empujadas por los más marginados de la ciudad.
Pablo, apoyado en la esquina como siempre cuando espera alguna persona que se regale y se preste para ser robado, voltea la mirada lentamente hacia el piso. Nuevamente tristeza y melancolía Pablo, déjate de huevadas causa que así no podrás sobrevivir a la vida, si uno no pelea, corta o tira piedas no vive; además la gente no te querrá.
¿Qué fue esa sensación? Se pregunta ya su mirada suspendida en el tiempo. Acaso es el recuerdo de haber estado enamorado antes, cuando lo común no era gastar parte de lo robado en los trocaderos de putas viejas y gordas; sino andar de la mano con una chica y pensar en los poemas que podría dedicarle - poemas con causa, barrio, batería - y en los que hablabas de una flor que crece entre piedras, machetes, pandillas y muerte.
Los años de fechoría y relación con otros como él llegaron a su fin en el momento justo en que el filo oxidado de un machete le rebanaba el abdomen. No debiste regalarte Pablo, siempre debes estar mosca pe causa, sino te atrasan, así funciona.
Pablo se dio cuenta muy tarde, ahora estaba clarísimo qué era ese sentimiento. Ya tendido en la vereda, vio a su madre entre las imágenes de su vida pasando en un segundo y se detuvo ahi. Ella le decía, con su acento cajamarquino, que lo quería y que a pesar de vivir en un callejón de mala muerte, ellos no tenían por qué formar parte de ese mundo. Era la hora de dormir, una vela alumbraba el cuartito del callejón aún lleno del amor maternal, ella sonrió y le dió un pequeño soplido en la mejilla, los labios y la frente. Él durmió para siempre.
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