martes 23 de diciembre de 2008

Pequeña crónica personal de un tuerto




Esta historia comienza en un momento detenido en el tiempo, en la sala de un departamento en el cuarto piso de un edificio en la avenida Pershing, al frente del Hospital Militar. Miluska, a un lado, piensa la estrategia que implementaremos para nuestro proyecto de marketing político. Yo estoy sentado en su sillón, mirando la pelota que he lanzado hacia el techo. Pero en esta escena hay algo que no es normal. Sobre mí, un cuadro abstracto está suspendido en el aire. Al parecer la pelota la tocó y se desprendió.

Dejemos correr el tiempo, vuelvo a mí.

Una mancha negra golpea mi párpado y rosa mi córnea. Solo queda la sensación de oscuridad y un dolor insoportable. ¿Qué pasó? Pregunta Miluska, en una mezcla de sorpresa y preocupación. No hay respuesta mientras me tomo el ojo y entre la oscuridad veo pequeños puntos multicolores que tratan de reconstruir la última imagen que había visto, como la ganancia de una cámara de vídeo que no tiene suficiente luz. Pero es imposible, el manojo de nervios que llega a mi cerebro está confundido.

Aún puedo ver, aunque en mi muñeca quedan rastros de sangre. La piel blanca de Miluska palidece, parece un muñeco autómata que abre la boca queriendo decir algo: “¿qué pasó?”, pregunta. El espejo me muestra con el ojo herido y rojo por dentro. No sé si la sangre es desde adentro o afuera. Tengo una herida.

Muchas personas en el país no tendrían oportunidad de ir a una clínica en estos casos, otros tendrían que hacer largas colas mientras su ojo va cayendo lentamente. Pero este no es el caso porque me encuentro en la Clínica San Felipe. Una mujer morena de vestir elegante me recibe. “Problema de ojo”, le digo. “¿Qué te pasó?”, responde. Al contarle el pequeño incidente me mira esperando que termine pronto mi pequeño relato para hacer la pregunta de rigor: ¿Tienes algún seguro?

Ella toma mi carné de seguro y lo mira, lo voltea, presiona varias teclas y murmura: “ah, pero es de asistencia médica”. Toma el teléfono y llama: “disculpa, tengo en emergencia a un chico que le ha caído un cuadro en el ojo y quiero saber si su seguro cubre accidentes, porque aquí dice asistencia médica”. Pregunta estúpida, pero probablemente no sea tu culpa, sino la de jefes que te presionan porque no quieren perder dinero, mientras tanto mi ojo dudaba si quedarse en su lugar o no o seguir sangrando, también esperaba que tomaras una decisión.

Finalmente llego al consultorio del doctor que me atendería. En la puerta, un niño llora y se resiste a que le pongan unas gotas en los ojos. Su padre trata de hablar con él. Ya adentro, luego de la revisión, el doctor me dice que tengo lacerada la córnea. “Necesitaremos unos puntos”, dice, como si hablara de mí con otra persona. Solicita a la enfermera las herramientas y vuelve a revisarme. Mientras lo hace, se ríe inesperadamente y regresa al teléfono: le indica a la enfermera que también debe traer anestesia. “Te iba a poner los puntos a pelo nomás”. No me parece gracioso.

Siento una aguja incrustándose en mi ojo, luego el dolor de la inyección y la aguja pequeña que incrustó en mi ojo para poner los puntos. Poco a poco fue limpiando y cortando el hilo. Finalmente tapó mi ojo con esparadrapos y gasas. Ahora solo veo con un ojo.

En el camino a casa, siento lo incómodo que es solamente poder usar un ojo. Caminando hacia el paradero, desde los jardines del Hospital Militar, dos cabos me miran con una mezcla de miedo y curiosidad, tal vez porque ven a mí como han visto a muchos de sus compañeros en las luchas que han tenido o pueden llegar a tener. No tienen idea de la manera estúpida en que mi ojo terminó así.

Cuando solamente ves con un ojo, pierdes el sentido de la distancia: trato de sostenerme de las barandillas del micro, pero están más lejos de lo que parece. También parece cualquier cosa pudiera aparecer del lado derecho y no la podré ver.

Una niña mira curiosa el parche. Cuando la miro, me sigue mirando. Los adultos también me miran, pero cuando los veo se hacen los locos. Los niños pequeños aún no han aprendido sobre lo socialmente aceptable.

Ahora, sentado, solamente tengo un ojo y es extraño recordar imágenes que vi con los dos: sonrisas, ojos, lágrimas, cabellos cayendo, labios gesticulando, calles, avenidas, paisajes. Después de las heridas las cosas continúan pero nunca vuelven a ser las mismas.

Cosa inverosímil: Reventarse el ojo voleando una pelota de vóley que golpea un cuadro, el cual se desprende, cayendo la esquina de su marco sobre el ojo desprevenido.

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